miércoles, 18 de julio de 2012

Restos, pies y almohadas


Es extraño despertar sólo, ver que a tu lado no hay nadie. Que ahora me abrazo a la almohada, es lo más cercano a ti. Es lo único que me queda, o lo tomo o lo dejo. La almohada se adapta a mi, exactamente igual que lo hacía ella cuando la rodeaba desde atrás. Ella echaba el culo hacia mi, avanzaba sus rodillas, su espalda, su aliento. Yo, tatuaba su cuello, apartaba su melena corta, buscaba sus labios, sus pechos. Sus pies  le daban la vuelta a los míos, fríos como el invierno de aquí.
 Su cintura estrecha me superaba, la manta nos estorbaba, nos limitaba, estábamos tan cerca que ya no podíamos estar más lejos.
 Su mano no tenía un pelo de  tonta, sabía donde iba y lo que quería, se deslizaba abajo hasta encontrar lo que buscaba, y luego lo colocaba donde más le gustaba, donde más nos gustaba. Ella se sujetaba  al cabezal, yo me sujetaba a ella. Ojalá me hubiera muerto en ése instante, ¡qué manía tiene la gente de suicidarse cuando están deprimidos!

 La almohada huele bien, si, si que huele bien. La restrego en mi cara, lo inmovilizo con las piernas, me sujeto al cabezal, al último instante: cuando ella se duchaba y oía el agua lamerle mis restos.
Ahora los restos se quedan en la almohada.

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