viernes, 11 de marzo de 2011



Ayer estuve en una subasta y adquirí una caca por un valor incalculable. No se trata de una caca cualquiera, es una pieza disecada del mismísimo Marc Chagall. Según la casa de subastas, cuyo nombre voy a guardar en el anonimato, la caca la hizo en un bar, un camarero espabilado se hizo con ella, se desconoce exactamente como, pero el caso es que se la quedó la disecó e hizo el negocio de su vida. Se la vendió a un forense aficionado al arte, que para constatar que se trataba de la caca del mismísimo chagall profanó la tumba de éste para cortarle un trozo de tejido y así compararlo genéticamente con la mierda.

Una vez demostrada la evidencia, el forense se hizo de oro cediendo la caca a los mejores muesos del mundo, los críticos no tardaron en estar de acuerdo, si, estaba claro, la caca del artista era la esencia absoluta del arte sin querer hacer arte, el camarero la convirtió en arte al darle el valor que se merecía, sin duda alguna, se trataba de un instante de esfuerzo e intimidad del artista. En definitiva, hacer del arte una nueva dimensión creativa, no, más que una nueva dimensión, una nueva tendencia artística llamada Cacaismo. Simplemente fabuloso, grandioso.


Yo lo que hice fue enmarcarla y ponerla junto a los lienzos de Picasso y Modigliani ¡Dios mío! Qué bien quedaban las tres piezas juntas. Menudo espectáculo. Todo el mundo quería venir a mi casa a contemplar la plasticidad y equilibrio escultórico de la obra. Era tanto el éxito que decidí covertir mi casa en un museo y pronto muy pronto recuperé la inversión y lo reinvertí en nuevas piezas nacidas del Cacaismo como por ejemplo la orina congelada de Barceló, el semen deshidratado de Sánchez Dragó o los mocos cristalizados de Charlie Sheen ( con restos de coca), en fin, obras que forman parte de una nueva visión del arte, provocativo pero muy humano y sincero. Está claro que soy un visionario y que gracias a mi los artistas pueden experimentar sobre si mismos.

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