sábado, 23 de enero de 2010



Suelo ir a misa un par de veces a la semana, cosa que aprovecho para masturbarme. Suelo sentarme detrás, al lado de una virgen dedicada a los astronautas. No llevo calzoncillos para facilitar la metamorfosis empírica del órgano afectado.
Si soy sincero, que no lo soy, no me preocupa que alguna viejecita me descubra, hay una que siempre se sienta a mi lado, creo que sabe muy bien lo que hago.
Y así fue, un día una misa del gallo se arrastró sigilosamente por el banco hasta rozarme los muslos. En ningún momento me miró, ella seguía repitiendo y exclamando las oraciones del pastor, mientras su mano se deslizaba por mi polla ¡Dios santo que arte! Tras esa mano arrugada que calculo que tendría unos setenta años había una sensibilidad y delicadeza extrema, se notaba que sabía lo que hacía. Yo intenté ser prudente, no excederme en mis pretensiones, pero no pude, lo juro, luché contra aire y agua salda, lo siento, lo siento. La cogí por la cadera, le subí la la fada de -lana- (en inglés wool ¡Qué coño importa éste dato! simplemente me gusta como suena "wool"). Le quité la faja, le rompí las bragas, quitárselas era muy complicado, no me la imagino de pie sobre el banco con la falda subida y unas manos recorriendo sus arqueadas piernas. Y la puse sobre mi de espaldas, así ella no perdía en ningún momento la perspectiva del pastor ¡Cómo se movía! Menuda bestia, se la metía al fondo, lentamente, con sus manos agarradas al respaldo del banco delantero. Sus gemidos eran rezos, suplicios.
Lo reconozco, no duré mucho, estaba muy excitado, hay que comprenderlo, no estoy acostumbrado a estas emociones, pero le prometí que con la rutina la escena se alargaría toda la misa, ella me observó incrédula, como diciendo, si todos decís lo mismo, pero luego pim pam.
Pero por una vez no mentí, cada martes y jueves nos encontrábamos en la misa de las 20 h. Costó aguantar la media hora de la misa, pero con ritmo y voluntad lo conseguí.
Fuimos felices un tiempo, hasta que en una misa del gallo, la tercera que hacíamos juntos (era la única misa en la que nos liberábamos del horario establecido) me dijo que estaba embarazada.
No puede ser le dije ¡Como es posible si hace un montón de años que no ovulas! Entonces me contó la verdad. Mira cariño, me decía, no tengo setenta y tantos años, no, tengo treinta, lo que pasa, y te cuento, soy un experimento científico, me crearon a partir de células embrionarias, lo que pasó es que el idiota del cietífico chino se equivocó y en vez de ponerme la piel de una atractiva mujer de treinta y pocos me puso la carcasa que estás viendo¡Te lo juro amor! Por dentro tengo treinta.
Me hundí, para olvidar me alisté a la nasa, di varias vueltas a la galaxia, incluso pasé un tiempo en Andrómeda, pero allí la cerveza era tan mala que decidí volver. Un domingo por la mañana, me acuerdo perfectamente, mientras desayunaba con un transexual que conocí en el entierro de un enemigo común, tuve un ataque paternal, necesitaba conocer a mi hijo, recorrí toda la ciudad, todas las instituciones, todas las misas, pero nada de nada, hasta que un día, en un pequeño parque del centro los vi, a mi hijo, al chino y a ella, se les veía tan felices que fui incapaz de interrumpirlos.

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