viernes, 24 de abril de 2009

La primera vez (II Parte)


...Allí estaba ella. Hacía varias semanas que iba tras su rastro. Lo tenía todo calculado.
Salía de su trabajo a las diez de la noche e iba caminando hasta su casa. Siempre realizaba el mismo trayecto, siempre se distraía en el mismo escaparate de zapatos. Los zapatos dicen mucho de nosotros, son un libro abierto. A menudo llevaba un híbrido de zapatilla deportiva con zapato de vestir. En otras ocasiones llevaba la típica sandalia brasileña. Es verdad que un par de veces llevó tacones, pero al entrar al portal lo primero que hacía era quitárselos y resoplar de cansancio. Sin duda era una mujer práctica que buscaba la comodidad. Por la ropa no había duda de que era muy sensual, piezas sencillas, escotadas y cortas.

El abuelo me aconsejó que entrara en su casa un par de veces. Y eso hice. Lo que me confirmó mi hipótesis, pocos muebles, cuadros de autor, libros amontonados junto a una lamparita hippie. Había un cierto caos, pero era agradable. El abuelo abrió un par de cajones de su dormitorio cosa que no me gustó y se lo reproché. Él no ya no estaba entre los vivos, creo que debe aprender a controlar sus emociones. Fue un gran sicópata, pero ahora me toca a mi abrir, tocar, sentir, oler, cortar, experimentar, analizar. Me gusta que me dé consejos, pero tampoco quiero imitarle, quiero tener mi propia personalidad.

La segunda vez que entré en su casa me dediqué a oler su ropa interior, mis feromonas se volvieron locas, saltaban sobre el sofá como niños, estaban tan ansiosas como yo de entrar en acción ¡Va va hazlo ya tío! Me decían. Les ordené que volvieran a la nariz y que ni se les ocurriera volver a escaparse. La paciencia y la lentitud son una virtud casi extinguida hoy en día. Todo se tiene que hacer rápido, corriendo y lo verdaderamente interesante es hacer poco pero bien.

Hasta que llegó el gran día, lo supe cuando me levanté, era lunes. Los lunes es el día de las calles vacías. Allí estaba yo, esperándola en su casa, era la tercera vez que me perfumaba con sus paredes. Fue la última vez que pisé su alfombra minimalista. Aunque un descubrimiento de última hora me perturbó, era bailarina.

lunes, 13 de abril de 2009

La primera vez (1ª parte)


No hay que pretender correr, ni impacientarse, el abuelo siempre me lo dice, tranquilo chiquillo ya llegará el momento. Es algo así como la adolescencia, si, me refiero a que tienes la sensación de que nunca tendrás una novia. Ves que tus amigos van haciéndose una novia, en cambio tu te obsesionas con tus inseguridades y autoestima. Sin embargo sabes que llegará un día en que conocerás a alguien que disparará tus hormonas al cielo, serás el tío más feliz del mundo. Pero lo mejor es que no será la única vez que sientas comerte el viento de una caricia, de un sexo.

Con un sicópata pasa lo mismo. Tienes la sensación de que no va a llegar nunca el momento. Pero si llega, y cuando lo hace no hay palabras suficientes para describir lo que siente uno. Se te pone la carne de gallina, la manos te tiemblan, el corazón se vuelve majara, tus pupilas se dilatan, las neuronas se electrocutan, en definitiva, la vida cobra sentido, por fin abuelo ha llegado el momento, él asiste, si es el momento, me dice.

El manual del buen sicópata lo deja bien claro, hay que tener paciencia y esperar que el azar te ponga la miel en los labios. Por qué el azar, la casualidad es nuestra mejor arma, todo tiene un porqué, un motivo, y el azar es la intuición que luego hay que saber armar de coherencia y sentido común.

Y el gran día llegó y yo estaba preparado.