sábado, 24 de enero de 2009


El médico me ha dicho que me quedan unos cincuenta años de vida. He quedado aterrorizado, estupefacto, sinceramente, me faltó el aire. Esa misma noche he bebido más de la cuenta, despertándome en casa de una mujer francesa, qué domina el francés con un desparpajo sublime. Me confiesa, mientras me chupa la conciencia colectiva, que es ninfómana y que le excita especialmente la constitución americana . Eso es terrible le digo, y le confieso que me quedan cincuenta años de vida, me pongo a llorar como un niño, y ella me consuela.

Tres días después, nos levantamos de la cama y salimos a comer, invita su marido, que nos espera en la entrada del restaurante. Es un tipo simpático, en los postres me pregunta si quiero hacerlo también con él, al principio dudo, tampoco tengo nada que perder, me estoy muriendo, así sabré que es hacerlo con un tío. Volvemos al dúplex de antes, nos metemos en la cama, ella, en cambio, se sienta en una silla y se queda mirando, abre las piernas, se remanga la lengua, se suelta el pelo, le digo que joder, que con una tía francesa ahí sentada tocándose el big ban apenas puedo concentrarme, entonces ella no se lo piensa dos veces y se mete con nosotros, diciéndonos que su número favorito es el tres. Su marido empieza a recitarle la constitución americana en voz alta y ella gime, gime como una bestia desesperada ¡Más, dice, quiero más! Por la cuenta que me trae, recojo los trastos y me voy.

Deambulo sin un rumbo fijo, a estribor un bar de colores jamaicanos me convence. Entro y pido una aspirina con alcohol. Y Otra vez borracho, como de costumbre, me desahogo con el camarero, le digo que me muero, que me quedan cincuenta años, el camarero me pone la mano en el hombro, lo siento mucho, me dice, que enfermedad tienes, me pregunta¡ Hostia! Pues ahora que lo dices no lo sé, reflexiono sorprendido, no te preocupes dice el camarero, a mi también deben quedarme unos cincuenta años, anda, invita la casa.

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