jueves, 13 de noviembre de 2008



Si las bacterias son besos, estoy gravemente infectado, me las imagino armándose en mi lengua, impacientes por entrar en acción, al principio solo son colecciones desordenadas que guardaba en algún apartado lugar de la garganta, pero ahora, se han convertido en inmensas multinacionales inquietas, valientes, agresivas.Puedo notar como me hacen cosquillas cada vez que un beso les abre camino, las imagino caminar en fila india, orgullosas, con sus armaduras plateadas, listas para cumplir las órdenes. La expectativa de una herida amorosa son su mayor felicidad.

Es extraño, cuando beso, se refuerzan pareciendo inocuas casi invisibles si no fuera por ese agradable cosquilleo que las delata, pero si los besos desaparecen atacan, te arrancan el corazón haciendo palanca con una cicatriz mal cerrada. Y encima se multiplican, son autosuficientes, me rodean, mis glóbulos se rinden, tiran las espadas y los escudos, y entonces, la fiebre me achicharra la piel obligándome a desaparecer bajo las contraindicaciones de un médico con acento de medio loco, que no hace más que recetarme pastillas con sabor a reestructuración química. Antes tomaba antibióticos pero mis bacterias, mis amadas bacterias se descojonaban con ellas.

No soy demasiado optimista, admito que he barajado la posibilidad de visitar una medium para que se ponga en contacto con mis bacterias, pero creo que la idea es descabellada. El médico dice que la solución es clara, dar con un beso prolongado, como si fuera tan fácil, tan sencillo ir a cualquier local de deseos flotantes con una pizca de música brasileña, presentarme a la primera morenaza y explicarle que necesito su beso prolongado para acabar con las bacterias, pero que sin embargo, al acabar con las bacterias estoy renovando a la vez los recursos de éstas con el nuevo beso. Menudo lío, qué pensaría la pobre chica de mi, que me he escapado de un siquiátrico en reformas, que los tíos ya no saben que coño hacer para ligar, o por qué no (tengo derecho a soñar), se moriría de risa y me contará lo original que le parezco, tanto que me atraparía la cabeza entre sus manos y sus labios.

Otra posibilidad, consiste en alquilar los servicio de una enfermera de carretera, por que nos nos engañemos, yo lo que necesito es una enfermera no un idilio. Y eso hago, recorrer las carreteras donde las enfermeras se prestan a setenciar un tratamiento corto pero intenso, pero hay un problema, los precios son carísimos, por un beso largo te piden una hipoteca a cuarenta años, no estoy dispuesto a pasar por ahí, prefiero que las bacterias me conviertan en estiércol, aunque sé que no lo harán, por qué si no se les acaba el chollo.

Desesperado vuelvo al médico, sabiendo que su discurso me sonará a una factura pintada de palabras redundantes. Y le insisto en que un beso prolongado debe darse por amor a mis bacterias y no como remedio a una infección casi incurable. Entonces el médico en un acto que no llego descifrar (nunca he sido bueno con los jeroglíficos) se sienta sobre mis piernas, me dice relájate, déjate llevar. Y me dejo llevar en un beso largo, profundo, sinónimo de una nueva experiencia, sé que enamorarme de un médico más loco que yo no es la mejor opción pero me lo han pedido mis dulces bacterias, y yo, con tal de hacerlas felices hago lo que sea.

1 comentario:

Buddy Silverton dijo...

El amor como infección bacteriana. ¿Y si mañana los científicos descubren que estás en lo cierto?...

Un abrazo,
Buddy