domingo, 3 de agosto de 2008


Se sentó a ver el mar. El mar se aproximó. Por qué lo hizo, que le llevó a ello, no lo entenderé nunca. Elena le preguntó. Él la miró, arrinconó los hombros al cuello y se fue. Elena nunca más volvió a verle, y lo poco supo de él se lo contó un conocido. Yo si que lo vi pero no se lo conté a Elena. Su estado era tan deplorable. Sabía que no podía hacer nada por él. Nadie podía hacer nada por él. Nuestras charlas se alargaban hasta el amanecer. A veces conseguía convencerle para que se quedara a dormir en el barco, por la mañana le preparaba un buen desayuno, lo más completo posible, por qué sabía que poco más iba a comer durante el día.

Solía preguntarme por sus dos hijos, qué hacían, en qué curso estaban. Me confesó que alguna vez se acercó hasta el colegio para verlos jugar a la hora del recreo. Son igualitos a su madre, me contaba con orgullo mientras miraba el horizonte salpicado de luces de pesca. Creo que fue la misma noche que me atreví a preguntarle por qué. Sus ojos se empañaron de luna llena, un silencio aterrador detuvo el mar.
- El desamor estimula mi soledad, así me siento lleno, feliz a mi manera, sé que es muy difícil de comprender, pero no lo puedo evitar. Elena ha sido lo mejor de mi vida. Pero sabía que se trataba de un espejismo, de un efímero instante, sabía que llegaría el desamor. De verdad que intenté luchar contra esto, lo di todo por ella hasta casi la vida. Simplemente no lo puedo evitar-

No dijimos nada, se vino a dormir al barco, por la mañana desayunamos juntos, nos despedimos y me pidió que le diera un beso a Elena. Llegué a casa al mediodía, los niños correteaban de un lado para otro. Elena estaba en la cocina preparando unos deliciosos macarrones. Le di dos besos, el mío y el de él.