domingo, 1 de junio de 2008

Noto una caricia en el estómago, son las siete de la mañana y lucía se ha metido en mi cama, se maquilla la lengua, abre los labios y me calca en una pared de corazones. Yo no hago nada, dejo hacer, no tengo otra opción. Siento su boca interpretar un elogio sin fin. Absorbido por su energía gravitatoria, como un agujero negro, acabo siendo follado. Soy un pobre loco follado por las circunstancias. Soy un héroe.
Durante un rato no decimos nada, ambos miramos el techo, cuento las grietas, no hay ninguna, pero de todos modos las cuento por si acaso fuera mi último día con ella. Cuanto hace que no me follaban así, años, puede que nunca. No sabía que los locos hicierais el amor tan bien, si lo llego a saber me compro el piso justo en la puerta de un siquiátrico, me dice. Por un momento dudé, me dice, estuve a un paso de denunciarte, vi como te escapabas del siquiátrico, y lo que son las casualidades, que luego te encuentro en el descampado donde nos reunimos habitualmente las del gremio. Si no te llego a sacar de allí se te hubieran comido vivo, el descampado es un lugar secreto, ningún chulo debe conocer su existencia, y tú para ellas, eras un chulo disfrazado de cualquier mala historia. Gracias, le digo, eres mi ángel de la guarda. Lucía se levanta. Me doy una ducha y desayunamos, me dice.

Oigo el agua recorrer su piel, oigo como el agua rebota en la cortina ¿Por qué te has escapado? Me pregunta, me hago el sordo ¿cómo dices? Le digo. Qué por qué te has escapado, insiste. Le puedo decir la verdad, pero ¿cuál es la verdad? La de tener que asaltar a las mujeres por un trozo de tela o la de tener que pintarme de mil gestos diferentes. La veo salir del cuarto de baño, sin toalla, acompañada tan solo de las gotas de agua que describen líneas transparentes impulsadas por la gravedad, al cabo de otro instante vuelve al baño, se la oye murmurar potes de crema, cajones que se abren o que quizás se cierran, o bien ambas cosas. El sol también ha abierto los ojos, creo que es la mañana más azul que he visto. Todos tenemos una mañana de la que nos acordaremos para siempre, los hay con mucha suerte y hasta tienen dos. Lucía sale vestida con un tanga, se acerca a mi, se sienta sobre el borde de la cama y me pregunta entre una sonrisa de carnaval si me gusta su tanga. Esta es la mañana que recordaré toda mi vida le respondo. Se quita el tanga me lo pasa por la cara, me lo mete en el bolsillo del trasero, y se sienta sobre mis piernas.

Hay otra mañana de la que siempre me acordaré, fue el día en que le toqué las tetas a la vecina del cuarto. A mi madre, cada vez que le faltaba algo me mandaba a la vecina del cuarto, anda julito, me decía, ves a la vecina y dile que te de un poquito de azúcar. Me pasaba los días esperando que a mi madre le faltara azúcar o sal o cualquier otra cosa, pero si no se daban las circunstancias yo mismo me inventaba la excusa para ir a verla. En una de esas veces en la que mi madre no necesitaba nada me inventé que no teníamos huevos y fui a verla. Acerté de lleno, me abrió la puerta casi desnuda, con unas braguitas y una camisa blanca a medio poner ¡Hombre julito que os falta esta vez! Me dijo, me quedé mudo, sólo tenía ojos y oídos para sus tetas, grandes, redondas, y blancas. Sé que mi deber era pedirle los huevos que no nos hacían ninguna falta, pero improvisé y a cambio le pedí un par de tetas como las suyas, lo reconozco se me escapó, además de mentiroso descarado. Me invitó a entrar, su nalgas de amplias tonalidades disimulaban sus braguitas. Yo hasta entonces, las únicas braguitas que había visto eran las bragas tendidas de mi madre, unas bragas casi tan grandes como la historia del mundo.

La vecina me invitó a sentarme sobre su cama, me puse tan rojo que el rojo de sus pezones era como la blanca nieve, me acarició la cabeza, odiaba que me acariciaran la cabeza, mi padre lo hacía cada vez que aparecía por casa para enseñarle los colmillos a mi madre, bueno julito, me decía, mamá dice que te has portado muy bien. Y a continuación se la llevaba al cuarto de los horrores.
¡Bien julito, o sea que quieres tocarme las tetas! Acercó sus tetas a mi cara, con las manos me agarró la nuca y me arrojó a ellas como el gladiador que es arrojado al circo entre leones muertos de hambre. Estuve apunto de ahogarme en sus tetas, pero qué más daba si era el niño más feliz del barrio ¡Pues aquí las tienes julito, anda cómetelas! Me dijo, y tanto que me las comí, cada viernes durante tres años me las comí.

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