miércoles, 25 de junio de 2008



Ilumino las arrugas cóncavas, las enmascaro en una tierna sombra de matices, me coloreo el sistema límbico para hacerle creer al espejo que estoy más guapo. Atrapo unas cuantas endorfinas con sabor a café.

Pongo los pinceles a secar antes de salir a buscar la inspiración en un retrete urbano. Observo el cuadro por última vez, lo analizo antes que una erección me avise que ya es tarde y que es hora de bailar expectativas. Todo sabe a óleo, hasta mi orina huele a óleo, hasta mis mocos rojos recién salidos de un Pantone cuatricolor huelen a óleo.

Salgo por la puerta y mi destino, una fiesta de cuentistas e intelectuales más aburridos que un telediario en agosto. Me invento risas, incluso, los imito soltando un discurso sobre la gravedad de la luna y sus consecuencias en el planeta tierra. Todo mentira excepto el alcohol que poco a poco contribuye a valorarme como el seductor de una sinfonía acabada de llegar del norte. Una sinfonía de notas atrevidas llamada Noa, que mete su ritmo lento entre las ingles de una escena da Passolini. Y que yo, breve, le devuelvo la bofetada con un orgasmo rebajado, anticipado.

Noa no dice nada, qué va a decir. Le pregunto a los intelectuales si también se anticipan, si hacen rebajas todo el año, y así es, me dicen que los intelectuales tienen el gen de los malos amantes. Pero yo, como no soy un intelectual, sólo ha sido un accidente, si claro, me dicen, pero tampoco te preocupes, continúan, las intelectuales tampoco son buenas amantes, ellas son todo lo contrario de la anticipación. Entonces, deduzco, si soy un intelectual como vosotros pensáis estoy condenado a no entenderme con ellas. Exacto, contesta Noa mientras me coge el pincel para iluminarse las arrugas cóncavas.

2 comentarios:

seudonimo dijo...

saludo de un otro irritado

María dijo...

Al igual como lo haces tú y como lo hace Noa (y quizá el resto del mundo) también uso un pincel especial para difuminar mis arrugas cóncavas.

Me visto, y salgo a la calle en una rutina que apesta a muerto. Un trago -o dos, o tres- me hacen ver la realidad en una cuarta dimensión casi en cámara lenta.

Lo disfruto y me pongo contenta.

Sonrío.