domingo, 29 de junio de 2008


Tengo un amigo que acaba de salir del siquiátrico. Lo hemos celebrado con su funeral. Ayer decidió tirarse desde el primer piso, justo donde la enfermeras tienen las duchas. Se tiró tres veces hasta conseguir su objetivo. La primera vez solamente se rompió un brazo, la segunda vez la cosa ya fue más grave, cayó de cabeza con el consiguiente porrazo en la frente. Testigos de los que no me fío demasiado, dicen haber visto el cerebelo desparramado, incluso alguno más atrevido, ha dicho ver el córtex frontal flirteando con unas hormigas rojas y grandes. Pero con que no había suficiente, un siquiatra en prácticas ha jurado ver el hipotálamo comiéndose la línea continua de la avenida. Ya sabemos que el hipotálamo regula el hambre, pero tampoco hacía falta que un crío recién salido de la universidad nos saliera con este tipo metáforas tan desagradables.

La tercera vez fue la definitiva. No quiero ni imaginar como volvió al primer piso con una pierna rota y la cabeza arruinada. El caso es que una enfermera que se estaba duchando vio como mi amigo se subía al peldaño del balcón. La enfermera lo llamó por su nombre, mi amigo se dio la vuelta y la miró. Según la enfermera, se quedó atontado con la vista puesta en sus tetas, y dijo ver como le caía la baba por la barbilla. No hay que ser muy listo para saber que aquello no eran las babas, si no alguna cosa parecida a lo que el desafortunado joven médico se refirió anteriormente. Si debo hacer caso a lo que cuenta la enfermera, mi amigo dudó un instante y tras una sonrisa de esas de despedida, algo forzada y resignada, se dejó caer nuevamente, esta vez de espaldas, imagino que para no perder de vista las tetas al menos durante un segundo.

El muy bruto cayó encima de un caniche con trajecito azul. Que decir queda que el perrito quedó como los chicles pegados en el asfalto, ni un entierro digno tuvo el pobre bicho. La ama, una vieja rica con más maquillaje que la elizabeth taylor denunció a mi amigo, pero sus abogados le explicaron que no podía denunciar a un cadáver, entonces denunció al hospital, pero sus abogados le explicaron que se trataba de un hospital público y que el estado en el supuesto de que perdiera nunca le pagaría un duro. Al final la viejecita optó por denunciar a sus abogados.

Después del funeral fui a recoger sus pertenencias. No sé por qué me las dejó a mi. Es verdad que fuimos buenos amigos, quizá lo traté bien, como a un ser humano. El caso es que entre sus pertenencias encontré una foto de una mujer, era la enfermera de las tetas, la que compartimos tantas veces.

miércoles, 25 de junio de 2008



Ilumino las arrugas cóncavas, las enmascaro en una tierna sombra de matices, me coloreo el sistema límbico para hacerle creer al espejo que estoy más guapo. Atrapo unas cuantas endorfinas con sabor a café.

Pongo los pinceles a secar antes de salir a buscar la inspiración en un retrete urbano. Observo el cuadro por última vez, lo analizo antes que una erección me avise que ya es tarde y que es hora de bailar expectativas. Todo sabe a óleo, hasta mi orina huele a óleo, hasta mis mocos rojos recién salidos de un Pantone cuatricolor huelen a óleo.

Salgo por la puerta y mi destino, una fiesta de cuentistas e intelectuales más aburridos que un telediario en agosto. Me invento risas, incluso, los imito soltando un discurso sobre la gravedad de la luna y sus consecuencias en el planeta tierra. Todo mentira excepto el alcohol que poco a poco contribuye a valorarme como el seductor de una sinfonía acabada de llegar del norte. Una sinfonía de notas atrevidas llamada Noa, que mete su ritmo lento entre las ingles de una escena da Passolini. Y que yo, breve, le devuelvo la bofetada con un orgasmo rebajado, anticipado.

Noa no dice nada, qué va a decir. Le pregunto a los intelectuales si también se anticipan, si hacen rebajas todo el año, y así es, me dicen que los intelectuales tienen el gen de los malos amantes. Pero yo, como no soy un intelectual, sólo ha sido un accidente, si claro, me dicen, pero tampoco te preocupes, continúan, las intelectuales tampoco son buenas amantes, ellas son todo lo contrario de la anticipación. Entonces, deduzco, si soy un intelectual como vosotros pensáis estoy condenado a no entenderme con ellas. Exacto, contesta Noa mientras me coge el pincel para iluminarse las arrugas cóncavas.

lunes, 16 de junio de 2008


He comprado un cementerio, con eso de la crisis están baratos. El de la inmobiliaria me ha asegurado que todos los muertos tienen los papeles en regla, que ninguno es ilegal. Lo primero que voy hacer es empapelar las paredes de flores y el suelo de parquet del bueno, de madera de cerezo. Todo para ofrecer una buena imagen a los clientes. Después, convocaré una reunión con los jefes de departamento y sección. Dejaré las cosas bien claras. Quiero resultados, no es excusa que estén muertos, se acabó el chollo. Todos a producir, el que no esté a la altura lo despediré sin vacilar.

Para tenerlos bajo control he contratado a un médium inglés que me han dicho que es el mejor, con el pastón que le voy a pagar ya puede serlo. Eso si, los tiene a rajatabla, no se libra un puto muerto de sus broncas. No puede dejar que un muerto te suba a las barbas. Ayer, sin ir más lejos, un muerto llamado C. le dijo que tenía fiebre, que haber si podía irse a la tumba a descansar. Obviamente le dijimos que sin un justificante médico no había nada que hacer. Aquí tenemos todas las de ganar, por qué ningún médico le va a dar la baja a un tipo que se murió hace veinte años por una indigestión de suegra.
Todo iba bien hasta que se presentó una sindicalista republicana errante que fusilaron a finales del 39. Montó un comité y un mitin.- Os están explotando como animales, os están tratando como basura ¡Compañeros a la huelga!- Dijo la muy cerda ¡Pero qué más les da, si están muertos! Hasta donde yo sepa los muertos ni piensan ni sienten ni comprenden. Lo único que tienen que hacer es trabajar trabajar y trabajar.

En fin, que fueron a la huelga, que me arruinaron el negocio. Menos mal que me cubrí las espaldas con el aval de un obispo y ahora es él el que tiene que dar la cara. Yo me declaré insolvente y desaparecí con la sindicalista republicana, si, me enamoré de ella, no sé como pasó, pero un día sin más, después de un mitin quedamos para ver si podíamos llegar a un acuerdo. Acabamos en un hotel de mala "muerte" firmando los acuerdos oral y analmente para que quedara constancia. Y que el dueño del hotel, extrañado por los días que hacía que no salíamos de la habitación fue a ver que pasaba. Y allí nos encontró, cogidos de la mano, mientras los gusanos bailaban una rumba sobre nuestros corazones.

domingo, 8 de junio de 2008



Me he enamorado de una vaca
que me recuerda a mi ex
una vaca suiza con sabor a chocolate
que me dejó por un pastor nórdico

la conocí en una feria de ganado
ahora vivo en su casa
entre mantas de paja
entre vasos grandes de leche
entre sus amigas
con las que comparte piso

sin ella todo el cielo me parece arrugado
es el agujero negro que me absorbe
sin prisas
sin pausa

me gusta ducharme con sus babas
templadas
pastosas
melancólicas
me gusta saborear sus insectos
molestosos
juguetones
atrevidos

cuando se deja
le meto la cabeza por el culo
para contarle un hueco en el corazón
cuando se deja
le pongo las campanas de la catedral
para no perderla de vista
cuando se deja
la llevo a una corrida
para que disfrute viendo como hieren al torero
cuando se deja
la mezclo en una manifestación de cornudos
para que vea que no es la única con cuernos

me he enamorado de una vaca
y yo por amor
soy capaz de cualquier cosa.

domingo, 1 de junio de 2008

Noto una caricia en el estómago, son las siete de la mañana y lucía se ha metido en mi cama, se maquilla la lengua, abre los labios y me calca en una pared de corazones. Yo no hago nada, dejo hacer, no tengo otra opción. Siento su boca interpretar un elogio sin fin. Absorbido por su energía gravitatoria, como un agujero negro, acabo siendo follado. Soy un pobre loco follado por las circunstancias. Soy un héroe.
Durante un rato no decimos nada, ambos miramos el techo, cuento las grietas, no hay ninguna, pero de todos modos las cuento por si acaso fuera mi último día con ella. Cuanto hace que no me follaban así, años, puede que nunca. No sabía que los locos hicierais el amor tan bien, si lo llego a saber me compro el piso justo en la puerta de un siquiátrico, me dice. Por un momento dudé, me dice, estuve a un paso de denunciarte, vi como te escapabas del siquiátrico, y lo que son las casualidades, que luego te encuentro en el descampado donde nos reunimos habitualmente las del gremio. Si no te llego a sacar de allí se te hubieran comido vivo, el descampado es un lugar secreto, ningún chulo debe conocer su existencia, y tú para ellas, eras un chulo disfrazado de cualquier mala historia. Gracias, le digo, eres mi ángel de la guarda. Lucía se levanta. Me doy una ducha y desayunamos, me dice.

Oigo el agua recorrer su piel, oigo como el agua rebota en la cortina ¿Por qué te has escapado? Me pregunta, me hago el sordo ¿cómo dices? Le digo. Qué por qué te has escapado, insiste. Le puedo decir la verdad, pero ¿cuál es la verdad? La de tener que asaltar a las mujeres por un trozo de tela o la de tener que pintarme de mil gestos diferentes. La veo salir del cuarto de baño, sin toalla, acompañada tan solo de las gotas de agua que describen líneas transparentes impulsadas por la gravedad, al cabo de otro instante vuelve al baño, se la oye murmurar potes de crema, cajones que se abren o que quizás se cierran, o bien ambas cosas. El sol también ha abierto los ojos, creo que es la mañana más azul que he visto. Todos tenemos una mañana de la que nos acordaremos para siempre, los hay con mucha suerte y hasta tienen dos. Lucía sale vestida con un tanga, se acerca a mi, se sienta sobre el borde de la cama y me pregunta entre una sonrisa de carnaval si me gusta su tanga. Esta es la mañana que recordaré toda mi vida le respondo. Se quita el tanga me lo pasa por la cara, me lo mete en el bolsillo del trasero, y se sienta sobre mis piernas.

Hay otra mañana de la que siempre me acordaré, fue el día en que le toqué las tetas a la vecina del cuarto. A mi madre, cada vez que le faltaba algo me mandaba a la vecina del cuarto, anda julito, me decía, ves a la vecina y dile que te de un poquito de azúcar. Me pasaba los días esperando que a mi madre le faltara azúcar o sal o cualquier otra cosa, pero si no se daban las circunstancias yo mismo me inventaba la excusa para ir a verla. En una de esas veces en la que mi madre no necesitaba nada me inventé que no teníamos huevos y fui a verla. Acerté de lleno, me abrió la puerta casi desnuda, con unas braguitas y una camisa blanca a medio poner ¡Hombre julito que os falta esta vez! Me dijo, me quedé mudo, sólo tenía ojos y oídos para sus tetas, grandes, redondas, y blancas. Sé que mi deber era pedirle los huevos que no nos hacían ninguna falta, pero improvisé y a cambio le pedí un par de tetas como las suyas, lo reconozco se me escapó, además de mentiroso descarado. Me invitó a entrar, su nalgas de amplias tonalidades disimulaban sus braguitas. Yo hasta entonces, las únicas braguitas que había visto eran las bragas tendidas de mi madre, unas bragas casi tan grandes como la historia del mundo.

La vecina me invitó a sentarme sobre su cama, me puse tan rojo que el rojo de sus pezones era como la blanca nieve, me acarició la cabeza, odiaba que me acariciaran la cabeza, mi padre lo hacía cada vez que aparecía por casa para enseñarle los colmillos a mi madre, bueno julito, me decía, mamá dice que te has portado muy bien. Y a continuación se la llevaba al cuarto de los horrores.
¡Bien julito, o sea que quieres tocarme las tetas! Acercó sus tetas a mi cara, con las manos me agarró la nuca y me arrojó a ellas como el gladiador que es arrojado al circo entre leones muertos de hambre. Estuve apunto de ahogarme en sus tetas, pero qué más daba si era el niño más feliz del barrio ¡Pues aquí las tienes julito, anda cómetelas! Me dijo, y tanto que me las comí, cada viernes durante tres años me las comí.