viernes, 23 de mayo de 2008

No pude evitar oler su sueño, no pude evitar abandonarla. Le dejé una nota en los labios. Guardé las caricias en el armario, con llave por si las moscas. Me duché con su espuma, me sequé con sus manos, le pinté en el espejo las horas de ausencia. La tapé con un portazo y desaparecí en el aliento del ascensor.
Caminé con sus tacones negros, con su tanga que lubricaba mis dientes, con sus trenzas tatuadas sobre sábanas estampadas. Me detuve un instante, me desajusté su falda, me deshice de su blusa de acraminas rojas, me arrasqué sus uñas, me puse bien sus pechos, me apreté sus muslos. Me besé su cuello. Me comí su piel.

No puede evitar oler su sueño pero si pude evitar abandonarla y no le dejé ninguna nota, ni guardé caricias. Hace días que no me ducho y donde vivo no hay ascensor. La taparía con una sábana estampada de ácaros. Tampoco puedo caminar, los huesos se me hacen añicos y que más quisiera morder su tanga con mis dientes, los pocos que me quedan han pillado el color de la noche. Sólo hay una cosa que puedo hacer, no es mucho, ir a verla todos los días para contarle lo que no puede oír y regalarle las flores que más le gustan aunque no pueda ponerlas en un jarrón con agua mientras las huele, como solía hacer.





1 comentario:

letras de arena dijo...

Me tienes loca con delirio, sin delirio,con dientes, sin dientes, con jazz o con flamenco-rock, qué confusión. Carai vaya texto¡ Me ha gustado mucho; todavía más que el del hijo del chef. Me gustan las cosas raras.
Besos