viernes, 23 de mayo de 2008

No pude evitar oler su sueño, no pude evitar abandonarla. Le dejé una nota en los labios. Guardé las caricias en el armario, con llave por si las moscas. Me duché con su espuma, me sequé con sus manos, le pinté en el espejo las horas de ausencia. La tapé con un portazo y desaparecí en el aliento del ascensor.
Caminé con sus tacones negros, con su tanga que lubricaba mis dientes, con sus trenzas tatuadas sobre sábanas estampadas. Me detuve un instante, me desajusté su falda, me deshice de su blusa de acraminas rojas, me arrasqué sus uñas, me puse bien sus pechos, me apreté sus muslos. Me besé su cuello. Me comí su piel.

No puede evitar oler su sueño pero si pude evitar abandonarla y no le dejé ninguna nota, ni guardé caricias. Hace días que no me ducho y donde vivo no hay ascensor. La taparía con una sábana estampada de ácaros. Tampoco puedo caminar, los huesos se me hacen añicos y que más quisiera morder su tanga con mis dientes, los pocos que me quedan han pillado el color de la noche. Sólo hay una cosa que puedo hacer, no es mucho, ir a verla todos los días para contarle lo que no puede oír y regalarle las flores que más le gustan aunque no pueda ponerlas en un jarrón con agua mientras las huele, como solía hacer.





domingo, 18 de mayo de 2008


He cenado un plato lunar de primero, de segundo caviar hawaiano con gambas de alta montaña. Y de postre, constelación de cassiopea con muelas de la ex del maitre. Le pedí la cuenta al camarero, y ante mi sorpresa, me dijo que invitaba el hijo secreto del chef, pedí una explicación inmediatamente, el camarero me llevó hasta el propietario. Al cuál expuse abiertamente mi queja. Él, sosegado como una flor a punto de tener gemelos, me dijo que lo sentía, pero que cuando el hijo secreto del chef invita no se puede hacer nada, si quiere puede pedir el libro de reencarnaciones.

Me fui indignadísimo, estaba tan furioso que me tiré desde un puente, y tanta es mi mala suerte, que una sirena me salvó la vida. Me acercó hasta la orilla. Me contó que estaba de paso, que iba a ver a su madre que estaba muy malita. Al final acabamos haciendo el amor bajo el puente reciclado como vivienda efímera. Fue tan intenso tan apasionado que nos enamoramos, y decidimos que tenemos que ir juntos a ver su madre.

Su madre se está muriendo, puede que le queden diez años, a lo sumo quince. El médico ha sido muy claro, nos ha dicho que necesita los cuidados de un gigoló y nos recomienda siete, uno para cada noche de la semana. Nos dice que no nos preocupemos que la seguridad social corre con los gastos. Aliviados por tan buenas noticias nos separamos, es lo mejor, han sido demasiadas horas juntos.

Vuelvo a la ciudad, se hace de noche, tengo hambre, voy a cenar al mismo sitio de ayer, aprovecho que mi padre es el chef, pero es un secreto no lo sabe casi nadie.

jueves, 8 de mayo de 2008



Si la bebida es el ocaso el té es el alba de un manicomio sacudido por un matamoscas disfrazado de siquiatra. Que una vez al mes viene a verte con una sonrisa de operador turístico. La enfermera que lo acompaña es algo mayor para ser una viejecita, apesta a L'oréal antiarrugas, debe ignorar que el oxígeno que nos da la vida la está arrugando, la oxida irremediablemente.

El siquiatra siempre me pregunta lo mismo, que por qué la línea espacio tiempo es curva, que por qué si viviéramos a la velocidad de la luz L'oreal entraría en suspensión de pagos. Ya sé que son preguntas sencillas, casi tan vulgares como los vellos púbicos de un agujero negro, pero es que no sé que responderle, no tengo estudios, los olvidé en las sábanas de una catedrática de anatomía, cuando volví a buscarlos ya no estaban, la portera me dijo que la catedrática había huido después de robarle todos sus cotilleos -Toda la vida ahorrando cotilleos como una esclava, sudando horrores. Qué será de mis hijos ellos no trabajan, al menos con mis cotilleos podían haber ido tirando- Me dijo.

El siquiatra acaba perdiendo la paciencia por lo que me receta tres dosis de descargas electricas durante otro mes, una antes del desayuno, otra después del desayuno, y una más después de vomitar el desayuno. También me receta una taza de té al final de la tercera descarga, el té de un alba con sabor a matamoscas.

miércoles, 7 de mayo de 2008



La evolución de la humanidad no es nada más que un cúmulo de casualidades, o peor aun, de accidentes, es decir, es una entropía que significa más o menos una falta de orden, un cierto caos sin apenas sentido.
Ya es sabido que la selección natural no es nada más que la adaptación animal a un entorno determinado gracias a una serie de mutaciones aleatorias. Por poner un ejemplo para que nos hagamos una idea. Supongamos que un individuo nace con una mutación, imaginemos que esa mutación son unas uñas muy particulares, pero que gracias a ellas tiene una gran facilidad para subirse a los árboles. Sigamos imaginando que este individuo forma parte de un grupo de nómadas que son perseguidos por unos terribles depredadores que los están exterminando.

Nuestro protagonista se da cuenta que puede subirse a los árboles con extrema facilidad gracias a sus uñas, lo que le salva continuamente de sus enemigos, por lo que sobrevive a todos los ataques. Mientras que sus compañeros van muriendo poco a poco. Imaginemos que este grupo de nómadas son esencialmente una sociedad polígama por lo que nuestro protagonista tiene abundante descendencia. Y que parte de esa descendencia nace con la mutación particular de las uñas. Los que no han nacido con ese cambio genético mueren al cabo del poco tiempo devorados por los temibles depredadores, en cambio, los otros sobreviven subiéndose a los árboles. Pasadas unas cuantas generaciones todos tendrán las nuevas uñas, y que, gracias a un accidente genético se adaptarán mejor al medio.

Pues bien, yo nací con una mutación genética que me facilita las cosas para adaptarme a todos los bares por los que paso. Ya pueden darme todo el alcohol del mundo que no hay manera de matarme, bueno, es cierto que tengo el hígado un poco inflamado, pero nada más, bebo y bebo gastándome hasta el último céntimo de la nómina de mi mujer. Cuando llego a casa de madrugada cansado de beber, por qué éste es un oficio muy duro al que hay que dedicar muchas horas, despierto a mi mujer para darle un beso y un par de hematomas y para decirle que estoy harto de aguantarla, que un día de estos la echaré de su casa. Ella siempre me reprocha lo mismo, que si la bebida que si el trabajo que si no sé qué. Yo no tengo la culpa de tener una alteración genética que me hace inmune a la bebida, ¡Qué más quiere, encima qué estoy con ella!.
Sinceramente si la aguanto es por la descendencia, quiero tener hijos con mi gen mutado, para que sean fuertes en este mundo de mierda, y que, cómo seguramente sobrevivirán al resto sirva para que perpetúen una nueva especie que hará de los bares un lugar de peregrinación santa, como debe ser.