sábado, 26 de abril de 2008



Hubo una época que quise ser un intelectual, si ya me entendéis, un tipo de esos, que con su chaqueta de pana marrón y su aspecto algo descuidado lo sabe casi todo sobre los misterios del conocimiento.
Empecé por leerme todo lo que los buenos intelectuales recomendaban. Después, no me perdí ninguna exposición que los buenos intelectuales recomendaban. Más tarde, me apunté a clases de teatro, escritura y pintura. Os puedo asegurar que no escaquee una sola conferencia, seminario o encuentro en la ciudad que los buenos intelectuales recomendaban.

Hasta que un día (recuerdo perfectamente el día, era temprano y estaba estudiando la gravedad clitoriana de una intelectual finlandesa que escribía poemas de hojas que caen de los árboles) me llamó uno de esos buenos intelectuales para decirme si quería formar parte de sus tertulias semanales. Estuve una semana en las nubes, era tan feliz que un día tuve tres erecciones seguidas, ya os puedo garantizar que es absolutamente inédito en mi.

Fue maravilloso, aquellos intelectuales lo sabían todo. Cualquier conversación se convertía en un apasionado debate de ideas y experiencias. Todo era intelectualmente perfecto. Demasiado perfecto. Tan perfecto que descubrí una grieta. Al principio quise taparla con masilla, pero fue inútil, la grieta era demasiado profunda. Bueno en honor a la verdad, no es del todo cierto que la grieta la descubriera yo. Quien me puso sobre la pista fue un libanés, un sufista (no confundir con surfista) que me dijo que el verdadero intelectual debe sentir y no creer, que las emociones son la clave. En definitiva, que la intelectualidad debe ser empírica.

Desde entonces lo he dejado todo. Me fui a finlandia con la poeta de las hojas. No hay ninguna hoja que caiga igual de un árbol. Cada una siente la llamada de la gravedad de manera diferente por qué sienten con el corazón y no creen en nada más.

1 comentario:

Buddy Silverton dijo...

No está mal y la foto es guapa.